viernes, 14 de febrero de 2014

Una mujer con consecuencias...




La peor cita y ese encanto sureño

Un Bar, años atrás, una ventana gigante, el mejor sándwich de vegetales, un hombre de la mesa de enfrente lee el diario, mira cada tanto. Comienza una conversación banal, de cualquier cosa pero la cosa se vuelve amena casi interesante. Me voy y él sale atrás mío, me pregunta si me puede acompañar, claro, ¿por qué no? Me da su teléfono, quedamos en volver a vernos.  Fantasías, no me acuerdo mucho de su cara, suele pasar pero mi cabeza va a mil, lo armo y lo desarmo como fichas de dominó. No es del tipo que me atrae primitivamente, esa atracción que es puramente personal, irracional, que hace que la piel tome calor… No, pero igual voy ¿por qué no?  Tener una salida, de esas donde te arreglas un poco mas, te vas a sentar y vas a mirarte un rato a los ojos, a oler su perfume, la incomodidad de comer.  Llamó para combinar. Que bueno sería una salida diferente, de esas que no son matemáticas, como una salida de verano, de las que se arman en las vacaciones con gente que conoces de paso y sorpresivamente la pasas muy bien…               
 Y ahí me pasa a buscar por Palermo  caminando, no, no me atrae. Charlamos, la paso bién, como si estuviera con un amigo. Y le digo de ver una obra, porque pinta como esa onda, no es necesario desertar. Puede ser un pedazo de “Antes del amanecer”, si,  pasear por la ciudad, ser dos extraños pasando un rato, con silencios cálidos y tal vez en esos momentos donde se filtra un poco de miseria todo está bien…Ay ya lo veo distinto, puede que se convierta en un amigo seductor, con esas frases entre graciosas y picaras. Tal vez sabe sostener la mirada y refleja seguridad de la que te hace sentir bien, un pibe de barrio…
 Pido la cuenta, saco plata porque los amigos van a medias. _no dejá, me dice, yo pago el café y vos pagas las entradas_. La realidad es que caminamos un montón no por pasear sino para ahorrarse el estacionamiento, se la paso chocándome para romper “el hielo”, comimos una porción de pizza cada uno sin bebida y de parados. Y no, no era de barrio, era de Olivos. Yo creía que la cosa no podía empeorar. Nos miramos, si, sostuvo la mirada, pero para ponerse libidinoso como su último tiro de gracia. ¿Por qué lo invité al teatro? ¿Por qué no pude inventar que se cancelaba…? Porque me enseñaron a ser cortés ante todo, esa maldita costumbre de hacer sentir bien a la visita, al agasajado “dejále tu cama a la prima que vino de lejos”, “No se des invita a un invitado…”, ¡me cago en la mierda y la cortesía! Ni siquiera desiste en la caminata furiosa hasta el obelisco, ¿Por qué camina tanto si tiene el auto en Palermo? No sé pero hay una hilera de combis y cualquiera me viene bien aunque vayan a Lomas a Burzaco o a Cañuelas. Y nos despedimos; con _Un gusto conocerte_ y un tirarme adentro de la combi, “sin llantos ni una cita dentro de seis meses”. Asi, con toda la vida encima directo a zona sur.


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